lunes, 2 de febrero de 2026

El arte de los placeres de la mesa

 


          La Gastronomía no es una simple técnica de subsistencia o un despliegue de hedonismo superficial. Constituye un campo de estudio filosófico profundo. Así, el alimento es combustible nutritivo y también vivencia humana superior. La distinción de Claude Lévi-Strauss entre lo crudo y lo cocido marca un tránsito entre la naturaleza pura y la cultura.

          Cocinar sería la primera forma de alquimia: se somete una materia prima al fuego y así se alteran sus propiedades químicas y se les otorga un estatuto simbólico. El ingrediente se convierte en portador de significado, tradición y lenguaje.

          La filosofía occidental desde Platón hasta Kant relegó el gusto y el olfato a la categoría de "sentidos menores". A diferencia de la vista y del oído, se consideraba al gusto como algo subjetivo, transitorio, muy vinculado a la gratificación física. No se trataba de algo serio...

          Hoy vemos la Gastronomía como un arte. El plato es una obra de arte que desaparece después de tomarlo. Sin embargo, involucra texturas, temperatura, aromas y colores en composición. No desaparece del todo. Comer requiere atención intelectual, decodifica sabores y desentraña referencias culturales profundas. Un "me gusta" implica armonía, innovación-tradición y trabajo de cocina.

          Cada elección gastronómica tiene implicaciones ambientales y sociales. Brillat-Savarin, autor de "Fisiología del Gusto" (1825), decía: "dime lo que comes y te diré quién eres".

          Comer con otras personas es socializar. En la mesa se intercambian ideas, se estrechan vínculos, se comparte el pan (del latín com-panis).

          El gusto está ligado a una identidad personal y nacional. El plato narra experiencias, viajes, pertenencia. La  metáfora literaria de la "magdalena de Proust" describe cómo un estímulo (olor, sabor) evoca recuerdos del pasado. Proust rememora su infancia al gustar una magdalena mojada en té. Así, comer es un acto de pensamiento.

   

domingo, 1 de febrero de 2026

La famosa vitamina D

 


          En invierno, esta vitamina (el calciferol) está muy presente en nuestras conversaciones, pues al tomar menos el sol, nuestro organismo es deficitario en esta "vitamina del sol".

          Es esencial para nuestra salud, nos ayuda a absorber el calcio y el fósforo que mantienen fuertes huesos y dientes. Su falta puede producir debilidad y fatiga, caída del cabello, osteoporosis, etc. La vitamina D es asimismo importante para conservar nuestra inmunidad frente a virus, bacterias y cánceres. Es un buen antioxidante.

          Para que no nos falte esta "vitamina del hueso", habría que exponerse regular y moderadamente (10 ó 15 minutos al día) al astro rey. Especialmente, los niños, los ancianos y las gestantes. La vitamina se produce en la piel al contacto con los rayos del sol. También se halla en ciertos alimentos.

¿En qué alimentos se encuentra?

          En pescados azules (salmón, sardinas, caballa, arenque, atún, boquerones), aceite de hígado de bacalao (un producto que se daba mucho a los niños en el pasado), yemas de huevo, lácteos enteros (leche, quesos, yogures), hígado de ternera, ostras, y setas (champiñones, shiitake, portobellos). Existen también productos fortificados, zumos o leches con vitamina D añadida, etc.

          Estos alimentos no se deberían cocinar demasiado para no perder sus propiedades. Las sardinas en lata, con aceite de oliva son excelentes y baratas. También las ensaladas con caballa o los revueltos de setas con huevo.